En una ciudad donde la escasez de agua se vive por colonias, horarios y pipas, Cosecha de Lluvia se ha convertido en una de las políticas ambientales más concretas de la Ciudad de México. La Secretaría del Medio Ambiente capitalina define el programa como una vía para mejorar el acceso y aumentar el abasto mediante sistemas de captación pluvial instalados en viviendas y, desde 2023, también en planteles educativos.

Las cifras oficiales disponibles muestran una escala relevante. Sedema reporta que entre 2019 y 2024 se invirtieron 1,418 millones de pesos para instalar más de 73 mil sistemas de captación en 11 alcaldías, con más de 230 mil personas beneficiadas en hogares. En el componente Escuelas de Captación, la dependencia informa más de 2,300 sistemas en más de 1,800 planteles y espacios educativos, con una población usuaria superior a 1.3 millones de estudiantes y personal.

El dato más importante no es sólo el número de tinacos o filtros. La captación de lluvia funciona cuando hay mantenimiento antes, durante y después de la temporada húmeda. La propia Sedema insiste en limpieza de canaletas, separadores de primeras lluvias, filtros y tanques. Sin esa rutina, la infraestructura pierde eficiencia y puede generar riesgos sanitarios. Por eso el programa incluye capacitación para quienes reciben los sistemas.

La estrategia también reconoce una desigualdad doméstica frecuente: cuando falta agua, las tareas de acarreo, almacenamiento y organización del consumo suelen recaer de manera desproporcionada en mujeres. El programa no resuelve por sí solo la sobreexplotación del acuífero ni sustituye una red pública confiable, pero puede reducir una parte de la carga cotidiana durante varios meses del año en hogares con carencia hídrica.

El portal de registro de Cosecha de Lluvia ha delimitado zonas de atención por ciclo, con énfasis en alcaldías como Iztacalco, Iztapalapa, Tláhuac, Tlalpan, Venustiano Carranza y Xochimilco para el periodo 2024. Esa focalización muestra que el programa opera como política social y ambiental al mismo tiempo. No se trata de instalar sistemas donde sea más visible, sino donde la vulnerabilidad hídrica haga más útil cada captación.

La utilidad de estos sistemas también depende de la temporada. En meses secos, una vivienda no puede esperar el mismo rendimiento que durante lluvias constantes; por eso la comunicación pública debe evitar promesas absolutas. Su aportación más realista está en diversificar fuentes para limpieza, sanitarios, riego o tareas domésticas, y en hacer visible que cada azotea puede formar parte de una estrategia más amplia de adaptación urbana.

En las escuelas, el beneficio tiene una dimensión pedagógica. Un sistema instalado en un patio o azotea permite enseñar de manera tangible cómo se colecta, conduce, almacena y trata el agua de lluvia. También deja ver los límites: el agua captada se destina a usos no potables o condicionados por mantenimiento y tratamiento, y no debe presentarse como solución total para beber o cocinar sin garantías adicionales.

La experiencia capitalina puede ser útil para otras ciudades latinoamericanas con estrés hídrico, siempre que se adapte a clima, techumbres, regulación y mantenimiento local. La lección es sobria: captar lluvia no reemplaza a la gestión integral del agua, pero acerca una parte de la adaptación a barrios y escuelas que necesitan respuestas verificables, pequeñas y acumulativas.